lunes, 23 de marzo de 2009

Olvido (Réquiem)

Cuando llegué la gente se amontonaba en el vestíbulo. Saludé al primer conocido, mi tío. Estuvimos un buen rato allí, de pie, mirando el alboroto de la gente, sin hablarnos... un buen rato. Sentí que se acercaba el momento: voy al baño, que luego no voy a poder. Cuando volví ya no estaba. Aproveché para fumar un cigarro. Volví a entrar y busqué a los míos. Estaban en la sala 2, según las pantallas de la entrada; aunque, más bien, estaban todos umbral afuera, excepto los más allegados. Poco a poco fui saludando a los que conocía. Cada cosa en su momento. Reacciones varias. Hacía meses que no veía a los más queridos, pero fue todo muy frío. Salí a fumar otro cigarro; otra vez a solas. De repente oigo desde el interior una voz enérgica que se imponía al murmullo general. Apuré mi cigarro y corrí adentro: _ ¡Por favor, guarden silencio¡. En breves momentos pasaremos a la capilla... El murmullo continuaba, pero el hombre se afanaba en hacerse oír, aunque ya se sabe que cuando los humanos se juntan, son más difíciles de domesticar. A pesar de todo, el hombre insistía en dar las instrucciones precisas para el desarrollo de la ceremonia. Llegado el momento la gente tomó asiento y el sacerdote ofició el funeral. Yo entré rezagado, y me quedé junto con los que siempre se quedan fuera en las misas -que suelen ser los hombres-, pero enseguida pasé a la capilla, pues tenía que despedirme de ese hombre. El hombre por el que nos habíamos reunido aquellas personas allí, aquel día, era la persona de las que allí estaban que hacía más tiempo que no veía; años. Tenía ochenta y cuatro años. Fácilmente hacía cinco o seis -la memoria me falla- que no lo veía. A él también le falló la memoria, cada vez más y más hasta quedarse sin ella, pero también sin identidad. Demencia. Yo no quise ver su cuerpo. Prefiero guardar en mi memoria, por lo menos mientras sólo me falle esporadicamente, al hombre que vi por última vez hace más o menos seis años, ¿o fueron ocho ?(eso quiere decir casi diez; pufh¡); creo que precisamente por eso decidí, sin decidírlo, no volver a visitarlo. Su demencia, senil. Mi demencia,... pueril. Si. Es así. A los dos se nos fue de las manos (su vida); a él, al principio, en forma de memoria, y ahora con la muerte; y a mí..., a mí ya os lo contaré otro día si no me olvido. Aquel hombre que hace casi diez años que deje de ver, era un hombre bueno, una persona aparentemente despreocupada, un tipo alegre y simpático, amable pero recio cuando era preciso; cariñoso, atento; sonreía mucho, y siempre daba la señal para empezar a tomar las uvas en Nochevieja, mientras ajustaba su reloj de bolsillo. Llevaba gorro, fumaba con boquilla. Era un hombre que trabajaba la plata, y de la plata dio vida a una gran familia. Enviudó. Se volvió a casar y se le dobló la familia. Era generoso. Siempre generoso en las palabras, en los hechos, y en todo lo que un buen hombre puede ser generoso. Su sonrisa... Yo no tengo lazos de sangre con él, pero a mi siempre me hizo sentir como uno más aunque los demás estuvieran delante. Aquel hombre no era mi abuelo, pero aquel hombre era el abuelo de todos. Muchas gracias por tu vida Augusto.

1 comentario:

  1. Tener lazos de sangre con alguien no es lo que cuenta. La sangre es tan poco importante para la vida como lo son los paraguas, que solo necesitas cuando llueve y cuando está lloviendo ya no los necesitas. Mejor quedarse con los lazos que te unen a alguien. Mejor quedarse con alguien. Sin paraguas. Sin sangre.

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