De repente, el corazón a mil. Sentí cómo volaba por encima del plano del asfalto; la gravedad cero momentánea, la desaceleración repentina, el empuje de mis células y todos mis átomos luchando, irremediablemente, por no salirse de mi piel. Sentí cómo mi cráneo se partía tal cuál se casca un huevo antes de freírlo. Noté cómo el olor a sangre anegaba mi pituitaria, que había dejado de ser amarilla para tornarse de capa cardenal y cómo mi boca entraba en erupción como si de un estromboliano se tratase. Me vi a mí mismo masticando mi propia lava pulmonar, de no ser por la deriva de mi mandíbula. Me imaginé lo que puede sentir un faquir atravesando distintas partes de su cuerpo con espadas, estiletes y cristales. Imaginé el dolor de mis seres queridos tras la noticia. Era todo muy real. Lo vi claramente y no estaba loco. Fue cuestión de ¡dos segundos¡. Dos. Uno, dos...
Mantuve la mirada sobre el retrovisor, y aquello, poco a poco, se fue alejando. Se quedó allí, en parte.
De esto han pasado ya siete días, y todavía no me explico qué es lo que hizo que reaccionara a tiempo. Un segundo más tarde... Aquellos fueron los dos segundos más intensos de mi vida, o los dos segundos en que estuve más vivo sin tener consciencia de ello. Mi tumba sigue abierta, al menos, un día más y, hasta ahora, van siete...
22-03-2009
domingo, 29 de marzo de 2009
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Todo en la vida es cuestión de segundos...al menos lo importante
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